Controlar la ira

A todos nos molesta que nos falle aquello que esperábamos como seguro. Es normal que nos disguste y hasta que nos enfademos por ello, pero cuando este sentimiento se convierte en rabia, hostilidad, incluso agresividad, y especialmente cuando resulta inmovilizante, sin permitirnos reaccionar contra el problema, u no sólo contra la persona o cosa que lo ocasiona, entonces sentimos ira. En este artículo, te ofrecemos algunos consejos para controlar la ira.

Por lo general el origen de la ira es el deseo de que todos sean como nosotros, con nuestras mismas reacciones y comportamientos. Pero la ira no es algo innato al ser humano, sino un hábito adquirido. Solemos utilizarla para trasladar a otra persona o cosa la responsabilidad de nuestros errores, para atraer la atención de los demás, superar un momento de inferioridad evitando un comportamiento racional o imponer nuestros deseos con la presión de nuestro mal genio. Por eso, controlar la ira es posible. Y podemos aprender a controlar la ira.

Las ocasiones en las que surge la ira son frecuentes y comunes a todas las personas. El mero hecho de conducir parece incitar al enfado contra los demás conductores, así como los atascos, los juegos competitivos, los impuestos, la falta de puntualidad o el haber cometido un error o un olvido. En cualquier caso, la ira no sólo resulta molesta e inútil para aportar soluciones, sino que incluso nos impide disfrutar del momento y la situación.

Cómo controlar la ira

Cómo controlar la ira

Autocontrol: cómo controlar la ira

Suele considerarse algo normal y un signo de carácter y hasta de entusiasmo, pero la realidad es que la ira llevada a su extremo tiene efectos perniciosos sobre lo físico y lo psicológico. Produce hipertensión, úlceras, insomnio, palpitaciones, urticaria, cansancio e incluso enfermedades cardiacas.

Por otro lado interfiere en las relaciones personales por ser un obstáculo a la comunicación y favorecer la culpabilidad y la depresión. Es cierto lo que se dice de que es preferible expresar la ira antes que guardársela, pero es más saludable aún no sentirla en absoluto, y esto es algo que puede aprenderse.

No se puede evitar sentirse desilusionado por la frustración de lo que sucede, ni dejar de sentir rabia o enfado, pero sí evitar que el sentimiento de la ira nos domine y afecte a nuestra vida. Resulta paradójico que la clave para superar este sentimiento, originado por nuestro deseo de controlar a los demás, es precisamente no dejarnos dominar por ellos ni por los sentimientos que nos inspiran. Y para esto, no hay como tener una buena opinión de uno mismo.

Es fundamental estar atento al comienzo del enfado para poder reaccionar racionalmente contra él sabiendo que no nos conviene ni aporta nada constructivo y que lo mejor que podemos hacer es controlar la ira. Ante la dificultad de dominar la ira cuando se está acostumbrado a reaccionar con ella, se puede seguir la estrategia de retrasar la explosión unos segundos más de lo habitual, alargando progresivamente este retardo hasta terminar comprendiendo que podemos dominarla por completo.

No conviene esperar demasiado de los demás. Tal vez nos decepcionen de todos modos, porque hay algunas cosas que consideramos imprescindibles en nuestra relación con los demás, pero teniendo presente que quizás ellos no opinen como nosotros, y sobre todo confiando menos en que vayan a comportarse como lo haríamos nosotros en su lugar, reduciremos la frecuencia de estas decepciones, y eso es tanto que ganaremos.

Y sobre todo, tener presente que los demás son libres para elegir su propio camino y tomar sus propias decisiones sin que tengan que ser necesariamente las mismas que las nuestras. Respetar la libertad de los demás y exigir el respeto de la nuestra son la clave para superar la ira y aprender a disfrutar lo que de bueno hay en cada situación. Porque en todo lo que sucede hay siempre algo que disfrutar.

En el contexto de todas las cosas de este mundo, no supone nada que una persona esté alegre o triste, pero para el individuo que debe sentirla, la diferencia es enorme. Tanto como ser feliz o desgraciado. Y esta elección es posible para todos. Dar siempre un paso atrás para ver las cosas desde lejos ayuda a distinguir lo absurdos que son en realidad esos problemas insignificantes que siempre nos parecen tan importantes; esta es la clave para controlar la ira.

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